Para los que somos papás, cada “primera vez” de nuestros hijos es un evento tan trascendental que anotamos la fecha en que ocurren, si se puede sacamos fotos, y se las contamos a cuanto ser se nos cruce por el camino: el día que se largaron a gatear, el que dejaron el chupete, la teta, el día que se pararon solitos, que caminaron, el que dieron un beso o se mandaron su primera travesura, por mencionar algunos.
Cada uno de estos momentos, tan mágicos como impredecibles quedan grabados a fuego en la memoria. Recuerdo cuando Mati se empezó a incomodar por la inminente salida de su primer diente. Sabíamos que “estaba por salir”, pero cuando le estábamos dando de comer y la cucharita hizo ruido, supimos que el momento había llegado. Así nomás, de sorpresa. Un día Meli se tambaleaba de una silla a otra y al siguiente, sus primeros dos pasos. ¡Qué emoción! Todas estas situaciones tuvieron algo en común: ocurrieron en casa – o en el parque, o la casa de un abuelo, pero siempre dentro de la “burbuja familiar”…
Pero el próximo evento ya tiene fecha y hora. El lunes 1° de marzo, Mati empezará el jardín. Por supuesto que hay mucha alegría, pero también (y tal vez de forma muy egoísta) me pregunto: ¿a dónde se me fue el tiempo? ¿dónde está “mi bebé”? ¿habré sido lo suficiente buena mamá para prepararlo para empezar a explorar el mundo solito? ¿qué voy a hacer cuando ya no me quiera dar el beso de despedida por vergüenza a sus compañeritos?
Los chicos crecen y de a poquito se van soltando de nuestras manos. Primero sueltan un dedo, luego otro… y cuando nos queremos acordar ya son hombres y mujeres que nos dicen: “Vieja, tengo 30, dejá de decirme “nene”.”
Es el proceso natural de la vida, pero hoy siento que me va a costar mucho aceptar que mi gordo ya empieza a independizarse y a volar solito… Así y todo, sé que lo hará de lo mejor.
Buenas noches.












